IV Centenario Expulsión de los Moriscos

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PASADO Y MEMORIA DE UNA TIERRA DE INMIGRACIÓN

Dr. Francisco Andujar Castillo

        

         Les propongo esta mañana asomarnos durante unos minutos a la ventana de la historia de esta tierra, otear, aún a vuelo de pájaro, nuestro pasado para tratar de analizar el presente teniendo en cuenta que vivimos en un escenario dibujado en el decurso de siglos que han contemplado el paso de sociedades de muy diversa índole. Les presentaré un retazo de nuestra historia que se me antoja tan crucial como ignorado y que, sin duda, aporta un caudal de experiencia, no sólo para comprender nuestra realidad actual sino para profundizar en el conocimiento de las actitudes y comportamientos que adoptamos ante los cambios y transformaciones que de forma vertiginosa se suceden en esta Almería de los albores del siglo XXI.

Nuestra historia es la única que explica nuestro presente, pero permanentemente vivimos de espaldas a ella, porque la memoria, que no la historia, casi siempre se diluye en el plazo de poco más de una generación. El problema, el drama, diría yo, es que a veces actuamos sobre nuestra realidad inmediata sin tener en cuenta los errores y aciertos cometidos en el pasado, ignorando por completo que la historia, nuestra historia, es un gran libro abierto de inmensas hojas repletas de experiencia en el que es posible leer cada día. Por ello, las reflexiones que les expondré forman parte de lo que podríamos denominar como una “memoria desaparecida”. A mi juicio, de la memoria de cualquier comunidad o civilización forma parte, con letras mayúsculas, toda su historia, esa misma que se ha ido construyendo en un largo camino que debería haber dejado un poso más intenso que el que se suele atisbar entre las simples huellas del patrimonio histórico-artístico que nos rodea. El olvido reviste muchas formas de silencio, de modo intencionado o no, pero lo cierto es que suele adoptar la forma de una clara infravaloración del pasado, o más aún, de desconocimiento del mismo.

         Nadie duda ya de que una de las transformaciones más espectaculares de la historia de Almería ha tenido lugar en los últimos años. Los economistas e historiadores de la economía se han ocupado por extenso del fenómeno denominado como “milagro económico almeriense” –curioso concepto sincrético que aúna lo espiritual y lo material-, que tiene lugar en el último tercio del siglo XX y que se prolonga –y esperemos que por mucho tiempo- en estos primeros años de la nueva centuria. Semejante “milagro” no hubiese sido posible con el débil contingente demográfico que moraba en estas tierras en los años iniciales del inicio de aquel “prodigio”, en el sentido mágico de este término. Fue preciso que hasta estas tierras llegaran más brazos productivos, muchos más de los que unos años antes, por mor del hambre y la necesidad, habían partido desde estos mismos pueblos de la geografía almeriense con destino a las regiones industrializadas de España y Europa. En pocos años la sangría humana hacia otros lares tomó el camino de vuelta pero ya no regresaron aquellos que habían emigrado ni sus hijos, sino hombres y mujeres de otras nacionalidades. Almería, por fortuna, dejó su vitola de tierra de emigración para, de forma fugaz y súbita, convertirse en una tierra de inmigración, en lugar de llegada de hombres y mujeres que soñaban lo mismo que había empujado a abandonar sus pueblos unas décadas antes a miles de almerienses: mejorar sus condiciones de existencia. Hasta aquí la historia les suena, les es familiar, por vivida y por presente hoy en la realidad cotidiana de esta provincia.

         A partir de esa llegada masiva de “soñadores de bienestar”, que apenas hace unos meses se ha detenido como consecuencia de la actual crisis económica, todos comenzamos a hablar del “inmigrante” y de esta nueva tierra de inmigración que de forma fulgurante comenzó a encaramarse hasta los más altos niveles de los indicadores económicos, merced a la expansión de la agricultura intensiva bajo plástico, al desarrollo de la industria de la piedra natural en el valle del Almanzora y al crecimiento del sector turístico en el litoral.

         Muy pocos han mirado hacia atrás, hacia el pasado, para ver si en la historia, aún remota,  se había producido un fenómeno semejante al que ha experimentado esta provincia en los últimos años. La historia más cercana nos habla de otras “fiebres” económicas en el siglo XIX, como las provocadas, primero por la minería del plomo y luego por la del hierro, más focalizadas en núcleos muy concretos de la provincia, pero resulta difícil establecer parámetros comparativos que permitan parangonar semejantes procesos de crecimiento económico. Sin embargo, si extendemos esa mirada con una perspectiva más amplia nos encontramos con un momento de nuestra historia que, aunque conocido, debe ser interpretado de una forma nueva que lo acerque hasta nuestra cotidianeidad. Me refiero al período fundacional de nuestra historia más reciente, al siglo XVI, cuando se inicia una nueva etapa en la historia de Almería, cuando tiene lugar el cataclismo demográfico y social que supone la desaparición de la faz de esta tierra del grupo étnico mayoritario –los moriscos- y la llegada de un nuevo contingente humano, germen de la actual población de la provincia de Almería.

         Cualquier lector u oyente avisado, pues este texto se redacta para ser leído y oído, se habrá dado cuenta de inmediato de que ese momento histórico, que debe ser reinterpretado, tiene que ver con el final de la Almería musulmana y con la llegada de miles de hombres y mujeres desde otras latitudes de España e incluso, algunos, desde otros países. Me estoy refiriendo a una inmigración masiva que tuvo lugar en estas tierras allá por el año 1572 y que supuso la base primigenia de la población de Almería durante siglos. Aunque lo detallaré más adelante, y aunque desde una perspectiva científica no es correcto partir de la conclusión, es obvio que me estoy refiriendo a algo que puede suponer una fricción a oídos u ojos de algunos pero que es una verdad insoslayable comprobada documentalmente mediante múltiples estudios realizados en los últimos años. Me estoy refiriendo a que todos nosotros, los almerienses, somos hijos de inmigrantes, descendientes de aquellos hombres y mujeres que cuando declinaba el siglo XVI dejaron sus tierras para buscar lo mismo que hoy anhelan quienes recorren ese mismo camino.

Las diferencias entre 1572 y el año 2000 o el 2008 son ostensibles pero hay una fundamental que debe ser enunciada con rotundidad: los emigrantes del siglo XVI llegaron a un territorio que era casi un desierto humano y a ellos les tocó construir una nueva economía y articular una nueva sociedad sobre el solar vacío que habían dejado los moriscos cuando fueron expulsados de Almería en el año de 1570. Apenas hubo conflictos ni problemas porque se emigraba a un desierto, a pueblos que habían quedado vacíos por completo como consecuencia de la deportación –más bien éxodo- que sufrieron los moriscos al ser expulsados por Felipe II a tierras alejadas de aquel reino de Granada del que formaba parte Almería. No existió la figura “del otro” porque todos los que llegaron eran emigrantes a un territorio yermo, devastado por una contienda, arrasado tanto por vencedores como por vencidos de aquella “guerra civil”, pues así puede denominarse a la guerra de los moriscos que se inició el día de Navidad de 1568 y que concluyó con la total expulsión de este grupo étnico hacia tierras de Castilla.

De esa inmigración de pobladores procedentes de orígenes muy diversos quiero hablarles porque, como les decía, en ella se encuentra el origen de los que hoy podríamos considerarnos como los “naturales” u “originarios”. La actual provincia de Almería dejó de ser musulmana entre 1488 y 1492, pero tan sólo en el plano político e institucional. Con excepción de poco menos de una decena de lugares que vieron la llegada de los primeros repobladores castellano-cristianos tras la conquista del reino por los Reyes Católicos, el territorio que hoy conforma la provincia almeriense continuó siendo un inmenso “mar mudéjar”, esto es de población musulmana bajo dominio cristiano, hasta que en el año 1500 las sublevaciones que tuvieron lugar en distintos focos del reino acabaron con ese mundo mudéjar y con la conversión forzosa a la fe católica de miles de musulmanes, denominados a partir de ese momento como “moriscos”.

Por tanto, desde 1500 hasta 1568 Almería continuó siendo un territorio musulmán, morisco, aunque formalmente, castellano y cristiano. Semejante afirmación implica una realidad irrefutable: el final real, demográfico, humano y económico de la Almería musulmana hay que situarlo en 1570 cuando los moriscos, tras perder la guerra, fueron expulsados a tierras de Castilla. Durante ese período, en ciudades como Almería y en algunos núcleos rurales pertenecientes a la jurisdicción señorial, “cohabitaron” en un mismo espacio cristianos y moriscos, dominadores y dominados.  Indico que cohabitaron, no “coexistieron”, porque nunca los musulmanes aceptaron la imposición de un credo ni la integración en una cultura ajena. Difícilmente la podían aceptar cuando, por un lado siempre rechazaron cualquier intento de asimilación y, cuando por otro lado, se le exhibían ante sus ojos elementos iconográficos tan expresivos como el Santiago Matamoros que desde aquel siglo XVI se yergue majestuoso en la fachada principal de la iglesia de Santiago, lugar de paso obligado para buena parte de los moriscos que vivían en la ciudad de Almería. Como consta en la más reciente investigación sobre el período, a los moriscos granadinos y almerienses simplemente se les negó la convivencia en aquella coyuntura en que el mundo cristiano y el mundo musulmán eran dos mundos, no ya separados por sus señas de identidad sino en abierto y declarado conflicto.

Sublevados los moriscos, derrotados en una contienda fraticida -la conocida como “guerra de las Alpujarras”- y deportados de estas tierras, Almería quedó prácticamente despoblada. La fractura demográfica fue radical. Muy pronto -corría el año de 1571- Felipe II y sus consejeros comenzaron a trazar un gran proyecto repoblador que permitiera poblar estas tierras con cristianos procedentes de las tierras de los reinos de Castilla y Aragón. Un año más tarde se iniciaba un complejo proceso repoblador que trajo hasta las tierras almerienses a miles de “inmigrantes”.

Sin duda les puede sorprender el ejercicio de comparación -entre el año 1572 y el 2000- que les voy a mostrar ahora pero les aseguro que les hablo de la organización de un proceso inmigratorio acaecido hace más de cuatrocientos años en este mismo espacio territorial, en el solar almeriense, otrora perteneciente al antiguo reino de Granada.

Poblar Almería fue ante todo una necesidad del Estado y, por tanto, el ya desarrollado aparato burocrático de Felipe II se encargó de planificar minuciosamente todo el proceso de desplazamiento de individuos desde sus lugares de origen hasta Almería. Razones no le faltaban al Estado para organizar con detalle aquella vasta empresa: los nuevos pobladores soportarían la fiscalidad que con anterioridad habían pagado los moriscos; defenderían un territorio inseguro y despoblado que desde el punto de vista estratégico-militar tenía un alto valor pues podía ser, por esa misma despoblación, un frente abierto a una posible acción organizada –cual había sucedió en el 711- de las regencias norteafricanas frente a la Castilla católica; y, finalmente, el Estado organizó el proceso con una proyección de largo plazo, trayendo pobladores casados, con capacidad reproductiva, que pudieran mantener la población más allá de esa oleada inmigratoria inicial.

Como inmigración planificada, aquella del siglo XVI, todo se organizó desde los puntos de partida de los potenciales inmigrantes, se elaboraron normas muy precisas, se buscaron hombres en edad de producir y se le ofrecieron incentivos para emigrar. El modelo contrasta con el actual, con el de estos últimos años, con una inmigración no planificada por el Estado, que responde fundamentalmente a la necesidad de los individuos y a los que no se les ofrece incentivo alguno. Les hablo de dos coordenadas temporales muy distantes, pero que bien podrían parecer que tienen invertidas sus características esenciales. La del siglo XVI debería tener las peculiaridades de la del siglo XXI, pero no al contrario. No es un capricho ni un azar de la historia sino una realidad insoslayable.

Cuando los agentes de Felipe II pregonaron la oferta para emigrar al reino de Granada, a Almería –en una labor propagandística sin precedentes en la historia de España- las autoridades regias ofrecieron a los potenciales inmigrantes protección desde los puntos de origen a destino, casas en propiedad en las que morar, tierras en propiedad para cultivar, seguridad militar una vez asentados en los puntos de destino y una serie exenciones fiscales, entre las cuales la más importante fue la franquicia del pago de alcabala –impuesto que gravaba el 10% de todas las transacciones- durante un período de tiempo de diez años. Eran las “gracias” que el rey dispensaba a quien se decidiera a poblar un territorio peligroso, inhóspito y asolado por las secuelas de la guerra. Eran los incentivos ofrecidos para abandonar sus lugares de nacimiento y lanzarse a una aventura –pensemos en las penosas condiciones de desplazamiento de la época- que podía permitirles una vida mejor, sobre todo a aquellos que en el horizonte vislumbraban la posibilidad de dejar de ser jornaleros para convertirse en pequeños propietarios de las tierras que acababan de ser confiscadas a los moriscos expulsos. Hoy, la inmigración es un proyecto personal, a veces de familias enteras, que no tiene más incentivo que la perspectiva individual –sin apoyo de nadie- de tratar de lograr unas condiciones de vida mejores que las de su tierra de nacimiento.

El grado de planificación del proceso inmigratorio que alcanzó aquel “moderno Estado” del siglo XVI fue tal que el monarca llegó a ofrecer condiciones de asentamiento más favorables a todos aquellos pobladores que se decidiesen a emigrar hasta los espacios más peligrosos, los más agrestes y los más castigados por la guerra, esto es, Las Alpujarras, los territorios de montaña y las conocidas como “marinas” o tierras próximas cercanas al mar, y por tanto expuestas a las incursiones de piratas y corsarios turco-berberiscos. La vida más llevadera en vegas, valles y llanos, tuvo como contrapartida unas condiciones de inmigración menos generosas. Todo quedaba así organizado, con toda suerte de detalles, para que aquella empresa colonizadora situara a los inmigrantes en los lugares de destino en las mejores condiciones para su asentamiento y posterior subsistencia.

Hoy el fenómeno migratorio, a nivel del conjunto del Estado ha sorprendido a todos, a los gobiernos, a los “naturales”, e incluso a quienes emplean a los inmigrantes. No había ni España ni en Andalucía, ni por ende en Almería, una “cultura” de planificación de un fenómeno que bien puede considerarse como inédito en la historia de España. Disponemos hoy de más medios para organizar y planificar, pero lo súbito de la demanda y su extrema intensidad se ha producido en un espacio sin tradición inmigratoria –y sin memoria- para afrontar un fenómeno de tan extraordinarias magnitudes. Frente a esa situación, en el ayer podemos registrar casos de fenómenos colonizadores y de inmigraciones organizadas por el Estado. Pero casi nunca miramos atrás en la historia. Es mejor ignorar que el pasado existió. Aunque las coordenadas temporales hayan cambiado sensiblemente, la diferencia entre nuestro tiempo de hoy y el de ayer radica en que aquellos primeros gobernantes del Estado Moderno, allá por el siglo XVI, miraban hacia atrás para buscar en la experiencia. Cuando se repoblaron los principales núcleos urbanos del reino de Granada a finales del siglo XV se tomaron como modelo las repoblaciones de la Andalucía occidental del siglo XIII. Cuando se inició el proceso colonizador de Felipe II en 1572 se miró hacia esas repoblaciones de los Reyes Católicos de fines del siglo XV. Siempre hubo un referente, un modelo que seguir. Transcurridos siglos, y sin referente cercano que contemplar, lo más inmediato era prescindir de la historia porque, al parecer, no enseña nada para el futuro.

Pero prosigamos con el pasado, volvamos la vista atrás hacia la historia por unos minutos. Todo se organizó allá por 1572 siguiendo un minucioso plan de instalación de la nueva población. Para cada pueblo se determinó con exactitud el número de vecinos que debían poblarlo, en proporción a la población morisca que había tenido, al grado de devastación sufrido durante la guerra, y a las posibilidades económicas que, a juicio de las autoridades reales, podría alcanzar en el futuro.

         La planificación inicial de toda aquella empresa repobladora no dejó resquicio alguno a la improvisación. Cada poblador recibiría un lote de hacienda, la denominada “suerte de población”, un término que ha llegado hasta nuestros días en muchos municipios de la actual provincia de Almería. Las “suertes” o haciendas de población quedaron integradas por una casa y tierras que fueron repartidas por sorteo entre los pobladores siguiendo un modelo igualitario de distribución de la propiedad. Se trató de formar una sociedad que fuese lo más igualitaria posible, con tantas “suertes” como pobladores, y que cada “suerte” tuviese el mayor equilibrio posible en el reparto de la riqueza entre los nuevos colonos. En aquella España del siglo XVI, cuya estructura social se cimentaba en la desigualdad y en el privilegio de los estamentos superiores de la sociedad aquel proyecto colonizador no dejaba de ser una utopía que bien se podría haber documentado en fechas mucho más próximas a nuestros días.

         Aquel modelo repoblador fue concebido como un pacto entre las autoridades que ofertaban “propiedades” y trabajo, y los colonos que se aventuraron a emigrar hasta Almería. Éstos se obligaron con el rey a pagar un “censo de población” –una suma de dinero anual que se acabó pagando de forma mancomunada a través de los municipios-, se comprometieron a residir con su familia durante un período de tiempo mínimo, y a cultivar según las costumbres de lugar. Así pues, el contrato entre las partes, monarca y colonos, establecía obligaciones mutuas, entre el propietario de las tierras –en este caso el monarca que se las había expropiado a los moriscos- y los campesinos que las iban cultivar. La relación contractual, cual se demanda ahora con la formalización de contratos en origen, fue la esencia de aquel pacto que permitió traer hasta las tierras almerienses a miles de colonos.

         Entre el plan trazado por los burócratas de Felipe II y la realidad de su ejecución medió una profunda sima. Frente a la arcadia prometida, los colonos-inmigrantes se encontraron con un paisaje de posguerra; con un territorio de alta peligrosidad a causa del efecto del bandolerismo de los monfíes en el interior y de los piratas y corsarios en el mar; se hallaron ante el pillaje desatado por una auténtica pléyade de burócratas que hicieron de la corrupción el instrumento más eficaz para acaparar propiedades y extorsionar a los nuevos campesinos; y, finalmente, constataron cómo el modelo teórico concebido para repartir las tierras de forma igualitaria quedó en papel mojado porque burócratas y militares fueron recompensados con un mayor número de “suertes” de hacienda y con tierras de mejor calidad. El corolario a esta nómina de problemas vino de parte de los propios colonos-inmigrantes, pues de entre ellos mismos muy pronto nacieron grupos oligárquicos forjados en torno al control de los cargos municipales.

         A pesar de estas dificultades el acuerdo entre las partes, rey y colonos-inmigrantes, quedó sellado y se plasmó en los denominados Libros de Apeo y Repartimiento, verdaderas joyas de la historia de esta provincia que necesitan con urgencia ser rescatados del olvido y de la incuria que han sufrido a lo largo de los tiempos. Muy pocas provincias de España cuentan con un tesoro tan excepcional como son todos esos Libros de Apeo y Repartimiento  de 1572 que, en teoría, deberían conservarse en cada uno de los municipios de la provincia de Almería. Ese tesoro es tan valioso –una verdadera fotografía del siglo XVI de cada pueblo- como que representa el documento fundacional de muchos municipios, el documento primigenio de su primera población. En ellos puede reconocerse hoy cómo, en el transcurso de los siglos, han permanecido las mismas familias, los mismos apellidos de aquellos colonos-inmigrantes que llegaron en el siglo XVI, los mismos paisajes agrarios, los mismos sistemas de cultivo, algunos de ellos fruto de la rica herencia de la sociedad morisca. Sería deseable que todas las instituciones de esta provincia acometieran algún día la magna obra de recuperar ese gran momento de la historia que bien merece su conservación definitiva y, sobre todo, su difusión entre las generaciones actuales y futuras.

         En esos libros de Apeo y Repartimiento quedaron anotados con detalle los nombres y lugares de procedencia de aquellos inmigrantes del siglo XVI que conformaron la base inicial y origen de la actual población de cada municipio. A pesar de que la oferta para emigrar se pregonó por tierras del norte de España, en un intento de traer asturianos, gallegos y leoneses, lo cierto es que al final el factor de proximidad geográfica fue decisivo en aquel proceso migratorio. Merced a los estudios de carácter general del profesor Bernard Vincent sabemos que la mayor parte de quienes repoblaron Almería vinieron de los reinos más cercanos de Andalucía –Sevilla, Jaén y Córdoba-, del reino de Murcia, de La Mancha –fundamentalmente Ciudad Real y Cuenca- así como del reino de Valencia. Algunos emigraron de forma colectiva, por mor de las solidaridades familiares y vecinales –caso de Instinción, o por impulso de los señores jurisdiccionales –caso de Fines-, aunque también una emigración con una extraordinaria pluralidad de orígenes como la que muestra el caso de Canjáyar.

         Ayer, como hoy, todos aquellos inmigrantes-repobladores eran gentes humildes, en su mayoría jornaleros y algunos pequeños agricultores. Estos fueron los que conformaron la primera sociedad almeriense cristiano-castellana. A su pobreza inicial se sumó el proceso de pauperización que en muy poco tiempo sufrieron muchos de aquellos campesinos-inmigrantes como consecuencia del adverso momento climático que se vivió en Almería durante los mismos años de su llegada a estas tierras, pero también como consecuencia de sus problemas de adaptación al nuevo medio y de la presión económica a la que se vieron sometidos por las oligarquías surgidas de ese mismo proceso repoblador.

         Por tanto, nuestros orígenes se hallan en esos campesinos castellanos, pobres en general, que emigraron a Almería en pos de cambiar su sino. Mientras tanto, y frente lo que de forma infundada han defendido algunos, quedaron muy pocos moriscos, en una cuantía que no superó al 5% del total de la nueva población y que progresivamente se fueron extinguiendo casi por completo en los años siguientes como consecuencia de nuevos decretos de expulsión. Quedaron algunos seises, o expertos moriscos conocedores de los sistemas hidráulicos y de los métodos de explotación de la tierra; permanecieron las elites moriscas que se habían integrado en la sociedad castellana con anterioridad a aquella guerra del año 1568; y sobre todo en Almería quedó un amplio contingente de esclavos y esclavas que, capturados durante la guerra, pasaron a formar parte del patrimonio mobiliario de muchas familias de la oligarquía almeriense. De hecho, tras el final de la guerra se abrió un intenso tráfico de esclavos, fundamentalmente de mujeres, más valiosas por su capacidad reproductiva de generar hijos esclavos que incrementaban el valor del patrimonio de sus propietarios. Mercaderes, burócratas y eclesiásticos se lanzaron con gran avidez hacia aquel gran mercado de comprar y vender seres humanos, esclavizados por haber perdido una contienda. Aquel mercado, con idénticos protagonistas entre los compradores de esclavos, tendría su continuidad durante los siglos XVII y XVIII cuando hasta el puerto de Almería llegaron barcos para vender una mercancía humana –el esclavo norteafricano- que alcanzó un alto valor en la época como fuerza de trabajo, como elemento de prestigio social y, en el caso de las mujeres, como un bien sexual de nulo coste.

         Hoy, cuando muchos tratan de exhibir sus señas identidad afianzadas en el chauvinismo que tanto anida en nuestra sociedad, sería bueno recordar nuestros humildes orígenes de andaluces-castellano-manchegos-murciano-valencianos, adobados de esas gotas de sangre musulmana de los moriscos que permanecieron y del permanente flujo durante tres siglos de esclavos norteafricanos y negros. Junto a aquellos pobladores de otros reinos de la monarquía hispánica, también llegaron algunos extranjeros, fundamentalmente franceses y portugueses. Y, al lado de ellos, las eternas colonias mercantiles de extranjeros, asentadas en los núcleos de población más importantes, entre las que cabe destacar a los genoveses, malteses, ingleses e irlandeses que fueron llegando a estas tierras en el transcurso de los siglos XVI, XVII y XVIII. Precisamente estas colonias de extranjeros controlaron las principales actividades productivas de nuestra provincia, aquellas que tenían como destino los mercados exteriores, tales como la seda, el azúcar, la lana, la barrilla, el esparto y los excedentes cerealísticos. Sin duda, toda una constante secular en la historia de Almería –ese control de los extranjeros sobre los sectores más dinámicos de la economía- que tan sólo se ha comenzado a quebrar en los últimos años del siglo XX.

Si pasamos del plano de la historia social a la historia institucional de aquel siglo XVI, el proceso repoblador-inmigratorio se torna en decisivo por cuanto asistimos también en esas fechas de 1572 y años siguientes a una verdadera “ordenación del territorio”, algo que parece ser producto de una modernidad de nuestro presente. Felipe II trazó un vasto plan de organización del territorio almeriense-granadino, básico para el funcionamiento de las nuevas comunidades castellanas. Ese plan contempló la desamortización de tierras –propiedad hasta entonces de moriscos, de cristianos viejos, de la iglesia y de los antiguos concejos moriscos- y la reordenación de todos los recursos, ya fueran de señorío o de realengo, de particulares o de instituciones. Se elaboraron nuevas demarcaciones espaciales, se eliminó el antiguo sistema mancomunado nazarí de ordenación en tahas y se crearon nuevos términos municipales –origen directo de los actuales- más individualizados y más concentrados para responder así a la lógica de un poblamiento menos intenso que el que había tenido Almería durante la época morisca. Nacieron así nuevos municipios, se delimitaron sus términos, se constituyeron los concejos con nuevos representantes y los ayuntamientos fueron dotados de bienes para su financiación y uso comunal. Ese fue el origen de un patrimonio municipal que los ayuntamientos en el transcurso de los siglos han ido vendiendo o permutando paulatinamente para financiar sus haciendas. Permítanme recordarles que, por ejemplo, El Toyo, recientemente enajenado, ha formado parte del patrimonio del ayuntamiento de Almería desde el siglo XVI en que fue entregado a la ciudad como parte de los denominados “bienes de propios” cuyo arrendamiento anual para herbajes ganaderos servía como principal fuente de ingresos de las siempre deficitarias arcas municipales.

La gran paradoja de nuestra historia reside en que durante aquel proceso inmigratorio del siglo XVI fue cuando se forjaron en todos los pueblos de la provincia de Almería sus señas de identidad cultural, las mismas que hoy se están diluyendo como consecuencia del proceso inmigratorio que se vive en los últimos años. Dicho de otro modo. La migración organizada por Felipe II cambió la faz de Almería. La inmigración reciente no sólo la está volviendo a cambiar sino que al mismo tiempo está acabando con las señas de identidad que trajeron aquellos inmigrantes del siglo XVI. Aludo no sólo a la actual inmigración laboral sino también en esa otra residencial que en algunos pueblos ha cambiado de forma acelerada su fisonomía y que, a corto plazo, puede mutar sus costumbres para adoptar las de la “nueva mayoría”.

Las que hoy denominamos como “señas de identidad almerienses”, tradiciones, costumbres, advocaciones religiosas y manifestaciones culturales en general, fueron importadas por aquellos pobladores del siglo XVI. En mi opinión, muchas de esas señas han iniciado su lento proceso de extinción, o cuando menos de progresiva disolución, circunstancia que no se puede imputar sólo al nuevo proceso migratorio de nuestros días sino a otros factores adicionales, tales como la influencia uniformadora que imponen los sistemas de comunicación audiovisual o, en otro plano muy distinto, al proceso de desertización humana que viven las zonas del interior de nuestra provincia que, amén de su impacto ecológico, está suponiendo la progresiva pérdida de uno de los escenarios más importantes en los que anidaba hasta ahora la “cultura tradicional”, en el más amplio sentido de este término.

De aquellas centurias de la Edad Moderna, del período que transcurre entre el siglo XVI y el XVIII se pueden extraer aún más lecciones de historia. A vuela pluma les mostraré dos constantes que han singularizado a nuestra historia. La primera es su carácter de “tierra fronteriza”. La segunda radica en la intensa sobreexplotación que han sufrido sus recursos naturales en determinados períodos históricos.

Desde el siglo XVI hasta la fecha de hoy Almería ha sido de forma permanente un territorio de frontera. Fuimos durante siglos la frontera entre el Islam y la Cristiandad, y hoy somos la frontera entre Europa y África, entre el desarrollo y la pobreza, entre el norte y el sur. Señalaba un texto del siglo XVI que, de por sí, era ya bastante carga impositiva vivir en aquella Almería de la frontera y que el Estado debía compensar a los moradores de esta tierra con exenciones fiscales o, por lo menos, no gravándola en la misma medida que a otros territorios de la monarquía. La reflexión no deja de tener interés hoy para ponderar las compensaciones que Europa ofrece a todos aquellos territorios que mantienen la frontera entre esos dos mundos con distancias tan abismales como las que hoy exhiben los países del Norte de África y la Europa de la opulencia.

La vida en la frontera desde el siglo XVI al XVIII fue dura, en constante peligro y con grandes zonas despobladas que generaban una permanente inseguridad. Por cierto, gran anécdota de la historia: esa situación de conflicto entre el mundo musulmán y el cristiano, es precisamente la que ha permitido mantener intacto –hasta no hace mucho- la mayor parte de un litoral costero en el que fue imposible cualquier asentamiento humano hasta finales del siglo XVIII, momento en que se firman los primeros acuerdos de paz con Marruecos. Como testigos mudos de aquella época queda la extensa red de fortalezas costeras que constituían la denominada “frontera de piedra” que antes protegía las costas almerienses de los corsarios norteafricanos y que hasta hace unos pocos años han sido punto de vigilancia para el control de la emigración clandestina, también norteafricana. Aquellas fortalezas custodiaban lo mismo, la separación de dos mundos, de dos religiones, de dos civilizaciones. Cambiaron los tiempos pero no mudaron los protagonistas de los surcos del mar de Alborán. Torres, atalayas, fortalezas, baterías de costa, configuran un conjunto patrimonial singular que bien mercería un plan global de conservación y puesta en valor. Esas fortificaciones constituyen una página abierta de nuestra historia y, al mismo tiempo, testigos de un pasado que hoy nos recuerda que el mar, que la costa almeriense, fue y es una inmensa frontera entre dos mundos que no podrá cerrarse mientras subsistan las profundas diferencias económicas que los separan.

La segunda característica secular que les señalaba se refiere a la sobreexplotación que han sufrido los recursos naturales de esta provincia, y que en ocasiones han generado “ciclos de riqueza” en determinadas coyunturas, pero que después han tenido consecuencias que se han revelado como dramáticas para las generaciones posteriores a los períodos de explotación intensiva de esos recursos. El primer asalto tiene como protagonista al inmenso bosque mediterráneo que poblaba nuestras montañas desde la prehistoria y que en el siglo XVI comienza a ser roturado para dedicar su superficie a pastos y cultivos de secano. En el siglo XVIII las roturaciones de bosques se incrementan para alimentar la construcción de barcos de la marina real pero cuando en realidad los bosques almerienses reciben su rejón de muerte es en el siglo XIX, cuando la minería del plomo y luego la del hierro genera una alta demanda de madera que provoca talas masivas que van a esquilmar por completo una ancestral cubierta arbórea. El segundo asalto se produce en el mar. No es cierto, como se suele decir, que la sobreexplotación pesquera de nuestras costas haya sido provocada por los pescadores del siglo XX. Las costas mediterráneas, y con ellas las almerienses, experimentaron su sobreexplotación más intensa en el último tercio del siglo XVIII cuando empresas mercantiles catalanas organizaron pesquerías y diezmaron en exceso los recursos pesqueros mediante los conocidos “bous”, parejas de barcos que arrasaban cuanto encontraban a su paso.

Hoy también nos enfrentamos a un nuevo episodio roturador. El litoral costero soporta un desarrollo urbanístico que puede acabar con su total destrucción y con la conversión de un paisaje natural en un paisaje de cemento. Los bosques se talaron y las montañas almerienses quedaron asoladas. Muchas especies marinas desaparecieron para siempre de nuestras costas. Aniquilar hoy el litoral costero almeriense podrá sembrar una riqueza tan efímera como aquella que proporcionaron en su día las maderas que alimentaban los boliches mineros o las grandes pesquerías de aquellas empresas catalanas. El problema no es tanto el de la alteración de un medio como el de la extinción irrecuperable de aquello que se ha preservado durante generaciones y generaciones.

Hasta aquí un sumario y apresurado recorrido por la historia, por esa ciencia que fue considerada hace ya siglos como maestra de la vida, como aquel libro abierto cuyos conocimientos podían servir para no caer en los mismos errores que cometieron nuestros antepasados. Sin embargo, como ya escribiera Hegel en el siglo XIX, la historia también demuestra –y eso es algo empíricamente constatable- que los pueblos, y con ellos los gobiernos, nunca han aprendido nada de la historia ni han sacado conclusiones de lo pasado. Aunque la consciencia de tal realidad es frustrante para cualquier historiador que se plantee su función social, la producción de conocimiento nuevo constituye ya de por sí un acicate motivador como para seguir adelante en nuestra tarea, para seguir mostrando que mirar hacia el pasado significa la posibilidad de afrontar el futuro con mejores garantías de progreso.

 Los fragmentos de historia que les he mostrado se han elaborado con una clara intencionalidad: explicar el presente a través del estudio del pasado y, a la vez, lanzar un aldabonazo sobre la conciencia de la fragilidad del territorio en el que moramos y sobre las señas de identidad que han conformado la Almería de los tiempos modernos. Fragilidad, del medio natural, de sus recursos, y de un territorio de frontera desde hace cinco siglos. Conciencia de identidad de unos orígenes en una gran riada de inmigrantes que en aquel siglo XVI buscaron en este rincón del sureste peninsular una tierra en la que prosperar. A veces la historia es tan caprichosa como que, mundando de protagonistas, pero con las mismas pautas, resurge en secuencias temporales distantes. Volvamos de vez en cuando la vista atrás, hacia la historia, porque el conocimiento del pasado es el mejor cauce para la construcción de cultura y al mismo tiempo faro de luz para orientar las acciones del presente. Muchas gracias.

 

                POSIBLES DIAPOSITIVAS

         IMAGEN DE LA FURA DE LAS MALETAS

                  . Proceso migratorio comparado

                  . Torreón defensivo

                  . Imagen de Santiago matamoros

                  . Imagen de un LAR

                  . Cronología

                  . La Alpujarra

                  . Seda

 


 
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Última modificación: 26 de febrero de 2009.